La literatura juvenil: puerta de entrada a la lectura.

Mucho se debate sobre este complicado tema. No hay duda de que la novela juvenil está consolidándose en las estanterías de las librerías  y ya es normal que los éxitos más sonados sean adaptados al cine. Esta invasión ha llevado a muchos cuestionamientos sobre la pertinencia de este tipo de obras, llegando incluso a ser considerada por algunos como una bisagra hacia la “literatura de verdad”, o directamente catalogada como  “literatura basura”. No es extraño para los lectores de novelas juveniles, encontrarse con cierto desprecio de los demás por lo que están leyendo, o incluso ese consejo de alguna vez comenzar a leer libros “serios” o “literatura adulta”.

Se considera a la novela juvenil como una estructura superflua, muchas veces cargada de moralina, efímeras y abarrotadas de clichés. Es verdad (y no admite objeción alguna) que están apareciendo muchas obras que deberían quedarse en el estante secreto de la cabeza del autor. El consumismo que impera en todos los sectores de la sociedad y a cualquier edad, también se ha traspasado a las letras y no es extraño que aparezcan constructores de productos a la medida de un público entrenado para consumirlo, más allá del motivo íntegramente comercial de su creación, ni la calidad del producto final. Estos son muy fáciles  de detectar en las primeras páginas, cuando ya aparece el triángulo amoroso, protagonistas planos y secundarios de relleno.

Pero también han surgido títulos variados que han cosechado un público pequeño aunque fiel, y otros que van abriendo puertas a la variedad. Algunas cosas que se debe tomar en cuenta en la novela juvenil son esos dos pilares que los críticos olvidan con frecuencia.

En primer lugar, no a todos nos tiene que gustar el mismo tipo de literatura. Como lectores y también como seres humanos, somos diferentes y ese caleidoscopio infinito de gustos, miradas, personalidades; es el que construye el mundo (como espacio de convivencia) y las sociedades. No es posible (ni deseable), homogeneizar, masificar, hasta desdibujar toda diferencia, unificando gustos y criterios literarios hacia una sola dirección.

Lo segundo que suele quedar olvidado por los críticos, es la edad de los lectores a quienes va dirigida la obra. A nadie en su sano juicio se le ocurre darle a un niño de 7 años CANCIÓN DE HIELO Y FUEGO para que lea cuando se aburre. En las aulas predominan los textos trágicos y casi siempre alejados de los gustos de los adolescentes, seleccionados por adultos que consideran determinadas lecturas como culturalmente aceptadas y formativas. Estas lecturas están llenas de crisis, cuestionamientos sociales, valores morales en quiebra, o directamente un lenguaje que ya ha quedado demasiado lejos. En Uruguay, cuando se habla de literatura juvenil, aun se menciona autores del siglo pasado que ningún adolescente conoce. No es, por lo tanto, extraño que los chicos prefieran salir del canon habitual y leer algo que les llega más de cerca. Algo donde el protagonista no muere trágicamente, donde se siente el vibrar de la magia, la amistad, la aventura, el amor.

En la adolescencia prima la búsqueda de la identidad, el encontrarse a sí mismos reflejados en otros (generalmente los pares), con la adrenalina al máximo y una visión todavía algo ingenua del mundo. Y la novela juvenil les da alas para lanzarse a esa búsqueda.

Por lo tanto, más que atacar un estilo que existe en cuanto cumple con la función que pretende; se debería profundizar más en la búsqueda de la calidad y la novedad en este tipo de novelas. Se debe tratar al adolescente (entendida esta etapa desde los doce a los 18 años), como un lector exigente, capaz de disfrutar obras de determinada complejidad (siempre dosificada) y deseoso de conocer el mundo o los mundos que podemos mostrarle, siempre desde un lugar de respeto a su intelecto, pero sin dejar de transmitir algo (en lo posible positivo) que le deje con esa maravillosa sensación de que la lectura no ha sido en vano.

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Escribir novela juvenil: la delgada línea entre el niño y el adulto.

Hubo una época en que la adolescencia como tal, no se reconocía. El niño se adentraba al mundo adulto desde una edad muy temprana, luego de pasar por determinados rictus sociales. Hoy se tiene una mayor percepción de esa breve franja que en algunos casos se desdibuja y hace difícil un acuerdo sobre sus características. Lo que sí se tiene claro, es que se trata de un momento de quiebre. Ya no se tiene la misma inocencia de un niño, la realidad cobra otro sentido y se desea una libertad mayor para experimentar la inmensidad de un mundo que se abre. Pero tampoco se es adulto. No se miden todavía las consecuencias de los actos, no se reflexiona sobre lo que ocurre en su entorno con la profundidad adecuada y no hay, en muchos casos, una visión marcada sobre el futuro. Es el aquí, el ahora y el yo a pleno.

     Por eso, cuando vemos una novela con la etiqueta de “juvenil”, muchos piensan:

A- Debe tener un lenguaje y una trama sumamente fácil de digerir (ya que no entienden de temas profundos).

B- Debe ser violenta, oscura, mordaz, colmada de sexo, drogas, egoísmo, rebeldía para mostrar a los jóvenes las verdades de este mundo.

Con este pretexto, las novelas juveniles, o bien rozan lo infantil (con lo que muchas veces suele mezclarse), o resultan demasiado crudas para una edad en la que todo se sobredimensiona. Una novela muy negra podría llevar a alguien de 15 años a creer que todo está perdido y a tener esa sensación de angustia que oprime y oscurece la noción pesimista de la sociedad. Las novelas románticas de turno, podrían hacer creer a las adolescentes que el hombre ideal es el macho alfa, musculoso, agresivo, con un pasado oscuro y que además le gusta el sexo fuerte. Este ideal podría llevarlas a situaciones de violencia en la pareja que no dejan de aumentar en nuestra sociedad.

Recordemos que a los adolescentes aun les cuesta separar los tantos. Aun conservan cierta credulidad infantil. Por eso, la novela juvenil debe ser pensada con mucho cuidado. Si lo que deseo es seguir la carrera de los súper ventas, está bien. Pero lo mejor es pensar qué es lo que quiero dejar en ese libro ¿Cuál quiero que sea el mensaje? ¿Qué cosas quiero despertar, movilizar, sacudir en el pecho y la cabeza de quien tiene mi libro entre sus manos?

A diferencia de otras épocas, el adolescente existe. Y aunque gran parte de sus características obedecen a una imagen socialmente construida sobre lo que debería ser y hacer, una buena parte se encuentra en esa búsqueda de identidad que caracteriza al adolescente real.

El adolescente que veo en las aulas no es un narcisista, egocéntrico, rebelde sin causa, amante de todos los vicios, noctámbulos empedernidos. Aunque hay excepciones (jamás se debe generalizar), la mayoría está tratando de encontrarse. Saben que no son niños, pero aun desean que los tengan en cuenta, quieren arriesgarse a volar solos sabiendo que alguien protege ese vuelo, quieren saber quiénes son, dónde encajan, qué les gusta en realidad y qué deberán descartar. Pero sobre todo, están desilusionados del mundo adulto. Desean las mismas libertades, pero no los mismos sacrificios.

Una literatura juvenil, además de tomar en cuenta estas cuestiones, debería también plantearse en qué etapa de la adolescencia está su público. No tiene la misma cabeza ni inquietudes una persona a los 12 que a los 17 años. Y cuando se escribe novela juvenil, se suele pensar en uno u otro, pero no en la transición. Y así abundan obras, o muy infantiles o muy adultas.

Lo importante en este tipo de novelas no es lo simple o lo compleja que pueda llegar a ser. los libros juveniles que sobreviven al tiempo, tienen una cosa en común más allá de los autores y estilos: el mensaje. La amistad, el valor, la tristeza, la alegría, el no saber cómo encajar, la soledad, los vínculos, la distancia, el no sentirse amados por sus familiares directos, la muerte; son temas muy presentes en los jóvenes, pero bastante ausente en los libros, donde últimamente se suele hacer foco en la amistad, el amor y la sexualidad.

La novela juvenil debería estar marcada por etapas: una más sencilla para el inicio de la adolescencia, una con tramas más complejas y profundas para los 15-18 años y una que esté orientada a los jóvenes que, sin ser adolescentes, aun no abandonan este género.

Y después estamos (como no podía ser de otro modo), los que seguimos leyendo de todo a pesar de las canas 😉